La lepra es la realidad iluminada hoy por la Palabra de Dios para que entendamos la maldad del pecado. En el Evangelio debemos descubrir que el pecado es la verdadera impureza, en una sociedad que ha perdido el sentido de Dios. En el Antiguo Testamento el leproso era expulsado fuera de la ciudad para que no provocase ningún contagio. Así, al pecar, expulsamos a Dios de nuestra alma; lo echamos de nuestro corazón, que es nuestra ciudad. Y nuestra alma se llena de lepra.
El ejemplo del leproso es un ejemplo fuerte, para hacer la conciencia sensible a la realidad "fuerte" del pecado: el hombre que no quiere pasar toda su vida sometido a esa "lepra" tiene un solo camino delante de sí: caer de rodillas ante el Señor y decirle: "si quieres, puedes limpiarme".
Con un acto de fe así, pues grande es la fe de este leproso y perfecta su profesión, reconocemos la maldad de la ofensa a Dios, y comenzamos nuestro camino de vuelta a la amistad con Nuestro Señor Jesucristo.
Para caer de rodillas el hombre ha de ser consciente de que la peor lepra de su alma es el pecado. Si queremos sanar, no la ocultemos. Cualquier enfermo de un mal semejante pasa por muchas pruebas para conseguir su curación. A nosotros nos es suficiente confesar nuestros pecados, con corazón contrito y humillado; pasar por esa "vergüenza" de manifestar la podredumbre de nuestra alma a un sacerdote que, siendo un ser humano corriente, con nuestras mismas miserias, tiene el poder de Dios para perdonar, en nombre de Dios, los pecados.
Reflexionemos
Cuando no se reconocen las pequeñas ofensas a Dios se termina por no reconocer las grandes; no ahoguemos los quizá iniciales remordimientos de conciencia con fáciles y comprensivas justificaciones. Arrepentidos del pecado, no daremos ya más motivo de escándalo con nuestra conducta -el pecado hace siempre daño al alma del pecador y a toda la Iglesia- y comenzaremos a ser también buenos apóstoles del Nombre del Señor, con nuestra paz, con nuestra serenidad, con nuestro trabajo bien hecho, con nuestra caridad hacia todos, procurando dar gloria a Dios en lo que hacemos.